Imagen de Luis Bernal

A Carina se le seguían cayendo pedacitos de corazón diariamente, le habían dado una estrellada sentimental que resonó más fuerte que la de un vidrio haciéndose añicos. Andaba en el trabajo con la culpa por la frente y la moral hasta los suelos. Según ella, el tiempito que le había pedido a su novio era, pues eso, un tiempito; pero a él le pegó tal disgusto que optó por el cortón inmediato y definitivo.

Sea como fuere, a Carina le había salido mal el asunto, y andaba de un desconsuelo que hasta pena me da contar. Sus amigas le dijeron que la masturbada hace que pase el coraje, y así lo intentó; pero hasta para frotarse el clítoris, la situación estaba de miedo: Los plátanos se aguadaban, las zanahorias se rompían, las berenjenas se estropeaban, y los dedos ya le dolían de tanta fricción en vano.

Como no sabía de qué forma arreglarse la vida, optó por el sexo casual. Conoció a varios galanes, pero ninguno logró reventarla de placer, así que la fueron dejando conforme vieron que por más que le daban, a esta mujer, la tristeza le había paralizado la vulva.

No se va a terminar el mundo por unos labios que no sienten, pensaba la muchacha, y se aventuró con el sexo anal. En medio de orgiásticas fiestas, entre tanto culo lubricado, Carina seguía sin poder experimentar el gozo; así tuviera un pene durísimo clavado entre las nalgas, entrando y saliendo con religiosidad, la indiferencia no se iba de su cara.

Así pues, a todos les pareció que el siguiente nivel era la bestialidad. Y ahí la tienes, untándose manteca vegetal en la panocha, y poniéndose de rodillas como cachorrita a la espera de su labrador ojitos de miel. El perro, encajonado hasta lo imposible, cantaba unos ladridos increíbles, pero su dueña  siguió con las tetas tristes, la sonrisa caída y los ojos borrados de tanto llorar, durante un largo tiempo.

Pobrecita Carina, no parecía entender que el gozo no necesita del amor.

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