Martín me cojía como a las putas y me quería como a las tontas. Cada tarde, regresando de la escuela, me senté al ordenador. Con una mano en el teclado y la otra entre los labios, le escribía poemas subidos de tono. Me decía que le daba vergüenza que yo fuera poeta porque a los que sueñan mucho hay que tenerles desconfianza.

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