Imagen de Kim Larson

Me guardo con reserva los detalles más íntimos del sábado por la noche, pero cuento por aquí que no se hizo ningún trío. Marcos tomó el papel de fotógrafo mientras Lucrecia y yo padecimos la fiebre sexual, enredadas en una cama rentada. La verdad es que no recuerdo mucho pues todo pasó con urgencia, pero tengo presentes varios detalles que trasciendieron en mi pensar. Hubo un momento en el que me sentí más animal que de costumbre. Eso lo encontré bien. Más allá de sentirme incómoda o desahogada, me sentí como en una carrera en la que el premio era simbólico; sin embargo, la sensación de no haberme inscrito en la competencia me inundaba, la impresión de la mentira y el mal presentimiento. Entre vapor y sudores me sentí una ladrona, en cada beso una farsante. Después de tantos años, de pensar en Lucrecia como una media naranja, mi lengua la recorría como un ómnibus descarrilado. Me quedé sin frenos en esa carretera dejando la ventana abierta a la posibilidad de un vicio que me podía cortar el aliento. Lo disfruté muchísimo pero terminé sin entender por qué quería llegar allí.

Por la mañana entre risas le preguntamos a Marcos si no le dolía la Guta. Le tuvimos que contar la historia de la Guta.

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