Mi nombre es María. Nací el día que se celebra a Santa Teresa de Jesús. Desde niña no me ha dejado de asombrar lo bien que se siente estar viva, sobre todo en relación con mi cuerpo y las sensaciones que lo colman como pájaros en la plaza aleteando entre granos.

Mi madre me ha contado cuentos desde que vi su cara por primera vez, es por eso que quizá reproduzco sus hábitos narrando las historias que pasan frente a mis ojos. A ella, cabe mencionar, la tuve cara a cara hasta mi quinto año de vida, pues han de saber que mi madre era monja y que lo único que conocí de ella, antes de verla de frente, fue el olor y la textura de su vagina mojada y su vulva enmarañada. Pueden ir suponiendo la clase de calumnias entre las que crecí; en lugar de prados, mi vida abrió camino entre sombras e inventos.

Pero no todo fue desgracia. Aprendí a ver la vida con un humor agudo. Disfruté de las mentiras no como una compulsiva manera de encontrarme (y derrotarme) a mí misma, sino como un sistema para cambiar la realidad. En pocas palabras soy el irresistible producto del placer negado. A los nueve años, mi padre, Don Raúl, me secuestró del convento en el que vine al mundo para llevarme a vivir con su otra familia; acontecimiento que de la noche a la mañana me regaló una hermana, casi de mi misma edad, llamada Lucrecia.

Lucrecia y yo somos lo que llaman medias hermanas. Sin embargo yo, como plantita inocente de jardín prohibido, creí por muchos años que éramos más bien medias naranjas. Las dos éramos regalos de la lujuria de nuestro papá y habíamos sido nutridas por escandalosos pechos llenos de odio, unos gigantescos frutos aterciopelados henchidos de leche. Don Raúl, por su parte, además de ignorarnos la mayor parte del tiempo, de vez en cuando nos demostraba su torcido amor a cintarazos. Recuerdo con mucho cariño, ya en la época de los quince años, las noches en las que consolé a Lucrecia poniendo mis manos en sus pompas coloradas, atención a la que ella contestaba con más lágrimas. 

Para mí tener una hermana era un regalo inesperado, sin embargo Lucrecia siempre me esquivó y a costa de romperme el corazón. Ya con más edad comprendí que le habían enseñado a odiarme, por haber sido cosecha de uno más de los amoríos impuros de papá. Con una monja, ¿se imaginan?

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