Imagen de Maria Isabel Rueda
Cuando todavía era virgen se me calentaba el pantalón muy rápido. Fue mi destino ser niña precoz y no tenerle miedo a los toros y las corridas. No tenía idea de cómo empezaba el trámite del manoseo ni de cuánto duraba el viaje de allí al coito; mucho menos entendía cómo iba yo, sin experiencia previa en cabalgatas, a montarme arriba del animal. La imagen que por muchos años se encendía en mi proyector de fantasías, la había tomado prestada de alguna película ochentera de temática policiaca: el sexo tenía que ser esa cosa que ni los abogados casados tienen culpa de hacer fuera de su nido conyugal. La ilusión era, casi siempre, con un hombre; sin embargo, la mayoría de los chamacos de mi edad estaban muy enclenques, o tenían la boca muy suelta. Había que tener mucho cuidado de no andar prendiendo leña a lo loco, ya que el humo es muy chismoso y además se puede una quemar. Tenía prisa de crecer, de conocer a varón mayor que ya tuviera la experiencia liberada y quien supiera cómo dar rienda suelta; alguien a quien le viniera el sexo como algo natural, no alguien con quién sufrir y abochornarse entre dudas y mojares. Para salir al ruedo hay que buscarse buen maestro. Buena filosofía me escogí a los dieciséis años.

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