A mi padre, Don Raúl, desde que tengo uso de memoria, lo tachaban de Anticristo. Durante mi infancia fue muy doloroso; el simple hecho de no poder escoger a mis amigas, sin que sus padres las metieran como pajaritos a sus jaulas de moral, fue ya de por sí una marca más fuerte que un tatuaje, pero sobretodo una especie de agujero que se plantó en mi cabeza por años. Ahora que lo veo en retrospectiva, todas las blasfemias que se dijeron sobre nuestra prole resultaron pequeños hilitos que trenzaron una gran soga que nos amarró, a mí y a Lucrecia, a mi padre. Actualmente observo cómo es que funciona esa doble moral que critica a los padres de familia, dando la idea de que no deberían de gozar su derecho a educar a sus crías, por temor a volverlas unas fieras sociales amenazantes (o en nuestro caso, unas putas). Al contrario, en lugar de ayudarnos a mí y a mi hermana (si es que fuera verdad que mi padre abusaba de nosotras), nos marginaron separándonos de las demás niñas de la edad. Como si fuéramos criaturas infernales enfermas de lepra, nos aventaron con más ganas a los brazos de Don Raúl, con quien hicimos los lazos más fuertes que existían en el mundo.

Y para aquél que se haya quedado con dudas: No, él nunca nos tocó ni un pelo. A la gente le gusta repetir como periquitos, todas aquellas cosas que no pueden cuestionarse y de las que ni ganas tienen de hacerse una opinión. Así es que se forma el veredicto popular de que los libertinos no son libertinos por gusto, sino porque fueron víctimas del libertinaje de alguien más. Yo aprecio visiones diferentes entre el escenario de dos niñas hijas de un padre cogelón y el de dos niñas maltratadas, manoseadas, explotadas y violadas. Ya no me fastidio la vida indignándome de que el mundo sea así, hago lo que puedo para cambiar esos pequeños detalles a mi alrededor. El mayor pecado de Don Raúl, si bien, fue seducir a mi madre mientras la tenían a prueba en el noviciado; pero si se fijan bien, es esa misma moral de la que hablé líneas atrás, la que se hace presente en la historia de cómo vine al mundo: siempre tiene la culpa quien manche directa o indirectamente el nombre de Dios, aunque sea Dios quien le haya puesto la vulvita a mi madre en cuarentena y el encierro la haya puesto más cachonda, más abierta, más blandita en las sábanas blancas en las que, a chupeteadas, le sacó varias veces la leche a mi padre. Y pues de esa leche nací yo.

2 comentarios:

  1. ¡Alguien tiene que hacerlo! Para trabajos sucios tengo largo currículo.

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