Nude with Guitar 2 por Christina Fajardo
via Flickr
Noche y día sueño con una comunidad de lectores en español aquí, en el Viejo Méjico, en la tierra Tejana que escogí como residencia y de la que no me voy en un buen rato: Austin. 

La ciudad y la gente que la habita hace la lucha para seguirla transformando en una capital multicultural, cosa de la cual no podría estar más orgullosa. No conozco absolutamente a una sola persona que no se dedique a un oficio creativo; el que no es estilista es músico, fotógrafo, DJ, artesano, florista, actor, cineasta, ilustrador, pintor o hasta excéntrico creador del primer coro de martillos. Entre los que hablamos esta lengua tan grande, que es el español, habemos escritores, chefs, artistas visuales, cumbiamberos, mezcladores de sonidos, costureros, bailadores, yogueros y hasta una comunidad de milongueros conozco por allí. 

Los que, como yo, trabajamos para la policía de la gramática y regla ortográfica española, todavía no nos acostumbramos a la espina en el corazón que se nos entierra cada que ponemos los ojos en leyendas o anuncios publicitarios con terribles incoherencias. Sin embargo, para compensarlo existe un vasto mar de mixturas lingüísticas y palabras novedosas, tesoros encontrados y pronunciados detrás de cada final de arcoiris en conversaciones formales o informales. 

En estas pócimas gramaticales encuentro mi inyección de esperanza, mi dósis semanal de promesa que me asegura con ilusión que mi lengua materna, esta construcción de sonidos escrita desastrosamente entre eñes y tildes, está muy lejos de extinguirse y que además sigue viva mientras la sigamos transformando.

Con esa alegría que nadie nota continúo mi camino a calzón mojado, agradecida de contar con esa identidad de dos vistas, ese abecedario apasionado que me saca la doble erre de la boca cada que estornudo, esa entrada segura al club secreto de los que hablamos dos lenguas y cambiamos de una personalidad a otra en un tris trás. Pero ¡cómo me gustaría encontrar a otros como yo! Gente a la que los versos sin esfuerzo les congestionen el pecho de alegría, aquellos que resuciten las jergas perdidas de nuestros antecesores hispánicos, a quienes les resulte suave, chévere y chido la misma cosa; a quien no le dé miedo seguir restaurando esta lengua dichosa de dichos, filosa y feliz.

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