Recuerdo al primer hombre al que le puse ojo. Definitivamente lo primero que vi en él fue su manera de reir. Las carcajadas de los hombres hablan mucho de ellos, sobre todo si tienen de varios tipos y para qué ocasión las usan. Es casi como verlos desnudos y encontrar los lugares donde sienten cosquillas. Se puede saber qué les gusta y que les incomoda si ponemos atención a qué tan profundo respiran entre risotadas. Mientras más se expresen físicamente, mejor. Esos momentos de vulnerabilidad masculina me gustan. En ellos se realzan los músculos y se acumulan las arrugas de la cara. Cómo me encantan los zurcos que enmarcan sonrisas, los puentes que se dibujan del cachete al rabillo del ojo. 

Ahí me quedaba yo, pensando en el primer hombre al que le puse ojo, perdida meditando qué hacía él en su cama, cómo las colchas se hundían con el peso de sus codos, cómo los músculos de sus brazos flotaban como barcos que nunca se iban al fondo del mar. Hombres que parecen germinados en la tierra dura.

Illustrated Man, imagen de Flix Deon via Flickr

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