Geometry Girls de r8r via Flickr
El problema con la absurda concepción de la belleza femenina, puesta en las revistas y los anuncios publicitarios, en forma de mujeres espagueti, no es una cuestión de gusto personal, es un dilema que tiene que ver con la pérdida del contacto con la naturaleza.

¿Por qué nosotras, las mujeres, habríamos de someter nuestros cuerpos a formas distintas para las que no están hechos? 

Tan hermosas que son todas las cosas redondas, tan deliciosas que son todas las curvas que vemos y sentimos, los cuevas que forman, las cimas en las que culminan.

Tan rico que es tomar un melón para partirlo en dos y sentir que no cabe en las manos. Tan suave que se siente un limón, ya al final, cuando lo apretamos para seguir sacándole jugo. Qué hermosas las uvas y esos tomates miniatura que a mínimo contacto con colmillo, ¡plas!, explotan en la boca. Qué grande es el sol, redondo como un pezón, del que a veces es difícil distinguir dónde empieza y dónde termina. Ni qué decir de la luna, esférica y brillante que igual que algunas nalgas cuando piden a gritos unas manos las alcancen. Los vientres hinchados, como los duraznos que ya queremos bajar del árbol y sentir su terciopelo en la lengua. Los deditos pálidos de los pies como los cacahuates en cáscara que uno siente su textura antes de llevárselos a la boca. Y esos muslos gigantescos que apretados son como la cáscara dura de una manzana a la que el gusanito quiere entrar a robarle todo el jugo. 

La naturaleza está llena de moldes perfectos, para prueba estamos nosotras.

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