Los vulnerables del amor físico

Me gustaría que las parejas, de todo tipo, fueran cada día más capaces de expresar su amor por el otro en público. Hoy lo digo así, así sin peros. Aunque antes he comentado por qué, a veces, nos hace vulnerables mirar a otras personas darse amor, hoy pienso que es porque somos muchos los que no estamos cómodos con la idea de darlo o recibirlo. 

Mi argumento principal sobre el por qué nos hace vulnerables mirar a una pareja besándose en el tren, o a una pareja teniendo sexo pública o privadamente, es que irremediablemente nos convierte en un blanco. Si somos capaces de disfrutar las escenas íntimas de otros, corremos el riesgo de ser malinterpretados, tomados como promiscuos, metiches y más. ¿Pero por qué tenemos que convertirnos en eso? ¿Por qué convertir a otros en eso? ¿Qué problema personal tapamos con el parche que nos ponemos al apuntar a los demás? ¿Cuál es el problema con los otros procurándose amor físico? ¿Cuál es nuestro problema procurando amor físico? ¿Cuáles son nuestras excusas para no hacerlo? y ¿tendrán fundamento?

Couple on balcony, imagen de Raphael Perez via Flickr

Extravagancias domésticas

Imagen de r8r via Flickr
Otra de mis extravagancias domésticas es enseñar las pechugas. Cuando digo domésticas espero que se entienda es algo que sólo hago en casa. Por supuesto que no tengo nada en contra de aquellas que se levantan la blusa en los conciertos; al contrario, me parece de una diversión sin igual y, acá entre nos, las admiro. 

Aunque lo neguemos, siempre andamos todos queriendo adivinar los pezones de toda morra de camisa apretada. Así cuando, en momento inesperado, nos levantamos la blusa frente a alguien, seguras que estamos haciendo un sueño realidad. 

Pero que quede claro, eh, que tenemos derecho a provocar sólo a quien esperamos nos corresponda. El resto de la bola de alucinados, se puede ir decepcionando. Eso va para todos los que creen equivocadamente que nacimos con carnada y por consiguiente necesitamos pescador. No funciona así, queridos compañeros. 

Si una mujer no enciende su radio, ningún hombre debe parar la antena.

¡Clic!

Imagen de Jie Lin via Flickr

Recientemente he creado una pequeña colección en mi flickr llamada "Cosas buenas que parecen malas". Algunos ya se habrán dado cuenta que coloqué un badge en la columna a la derecha. Acertaron, es un set con imágenes de los lectores de mi libro. Si alguno de ustedes también es dueño de una copia, los animo a participar en este pequeño experimento flickeriano. Mi intención es conectarnos visualmente. No es necesario mostrar su identidad y la composición de la imagen es libre. El único requisito es mostrar el libro dentro de cuadro. Estaré recibiendo con mucho gusto sus imágenes en eroticario (at) gmail punto com. A ver cuántos se animan. Los que tengan curiosidad, lo pueden ver por aquí.


Un embutido más

Imagen de Mark H. Adams
via Flickr
Cómo hay de caballeros que no le hacen honor a sus gracias. 

Con el perdón de todos ustedes, (los que sean) distinguidos señores y jovencitos, vengo a denunciar las anomalías que he visto entre grupos de varones que se las dan de más. 

Con ningún afán de criticar de otra forma que no sea constructiva, parece que algunos no han entendido que esa salchichita, que a veces duerme como un gusano, también tiene que trabajar de día (o a la hora que quiera) y producir un poco de seda. Algo por lo cual sentir un verdadero orgullo. No nada más está allí para los estudiosos de la biología, ni para tomarle fotos y admirarla; ese kilito de longaniza también participa en la economía de las virtudes, en el buen aprovechamiento de las teorías y prácticas del caldo. No sólo se levanta y pide pan, que luego llora si no le dan. 

Cómo hay de caballeros con escudo quebrantado, sin honor, orgullo o dignidad, que sueñan con lengua día y noche. Les informo que, una vez que su "milagroso" utensilio se convierta en un embutido más, su apellido no podrá sostenerse en alto más de lo que su pito lo haga. Así que, ejercite esos pelotones de guerra si algún día quiere llegar a capitán. Si no quiere ser héroe, muy bien, conviértase en villano de su propio futuro y trague el veneno amargo de la histeria de su señora.

Abecedario apasionado

Nude with Guitar 2 por Christina Fajardo
via Flickr
Noche y día sueño con una comunidad de lectores en español aquí, en el Viejo Méjico, en la tierra Tejana que escogí como residencia y de la que no me voy en un buen rato: Austin. 

La ciudad y la gente que la habita hace la lucha para seguirla transformando en una capital multicultural, cosa de la cual no podría estar más orgullosa. No conozco absolutamente a una sola persona que no se dedique a un oficio creativo; el que no es estilista es músico, fotógrafo, DJ, artesano, florista, actor, cineasta, ilustrador, pintor o hasta excéntrico creador del primer coro de martillos. Entre los que hablamos esta lengua tan grande, que es el español, habemos escritores, chefs, artistas visuales, cumbiamberos, mezcladores de sonidos, costureros, bailadores, yogueros y hasta una comunidad de milongueros conozco por allí. 

Los que, como yo, trabajamos para la policía de la gramática y regla ortográfica española, todavía no nos acostumbramos a la espina en el corazón que se nos entierra cada que ponemos los ojos en leyendas o anuncios publicitarios con terribles incoherencias. Sin embargo, para compensarlo existe un vasto mar de mixturas lingüísticas y palabras novedosas, tesoros encontrados y pronunciados detrás de cada final de arcoiris en conversaciones formales o informales. 

En estas pócimas gramaticales encuentro mi inyección de esperanza, mi dósis semanal de promesa que me asegura con ilusión que mi lengua materna, esta construcción de sonidos escrita desastrosamente entre eñes y tildes, está muy lejos de extinguirse y que además sigue viva mientras la sigamos transformando.

Con esa alegría que nadie nota continúo mi camino a calzón mojado, agradecida de contar con esa identidad de dos vistas, ese abecedario apasionado que me saca la doble erre de la boca cada que estornudo, esa entrada segura al club secreto de los que hablamos dos lenguas y cambiamos de una personalidad a otra en un tris trás. Pero ¡cómo me gustaría encontrar a otros como yo! Gente a la que los versos sin esfuerzo les congestionen el pecho de alegría, aquellos que resuciten las jergas perdidas de nuestros antecesores hispánicos, a quienes les resulte suave, chévere y chido la misma cosa; a quien no le dé miedo seguir restaurando esta lengua dichosa de dichos, filosa y feliz.

Antojo involuntario

Imagen de Art of Expression
via Flickr.
Últimamente traigo un antojo involuntario (sí, me pasa sin pensarlo). Como tengo muchos años que para quedarme dormida tengo que ponerme la mano en la rajita, ya se me hizo la costumbre mi método de relajación. Ando en mi casa y para todo, en lugar de rascarme la cabeza, me froto el panquecito. Parece que me ayuda a pensar, también. Me sorprendo con la puerta del clóset abierta escogiendo el abrigo que me quiero poner en la noche y la mano ya va para allá escurridiza. Igual en el baño al abrir el botiquín buscando vitaminas. Lo más maravilloso de esta actividad es que la puedo realizar vestida y aún así sentir mucho disfrute. Allá voy a recargarme en el lavabo que me quedó perfecto, a la altura del chicharito, mientras mi cuerpo se mece ligeramente al ritmo del shis shis cuando me lavo los dientes.

Sexo chatarra

Querido lector, le advierto que me pongo seria. Por muchos años me ha interesado el estudio de la sexualidad en la sociedad actual. Estoy intrigada, particularmente en el por qué a la gente se le frunce el ceño y se le enchueca la boca cada que escucha de desviaciones sexuales. Es que hace varios siglos, expresar abiertamente una inclinación erótica era bien visto; inclusive la bestialidad. Pero para nuestra mala suerte la moral cambió y se nos han venido las consecuencias encima. Se nos olvidó que la sexualidad es, de hecho, lo que nos mantiene vivos como especie. Además, nos hemos inventado que su manera de expresarse se manifiesta en desviaciones en lugar de variaciones.

Hasta la cara tenemos de confundidos. 

Andamos por la vida pensando que la sexualidad es una especie de objeto extranjero que no terminamos de comprender o descifrar, porque siempre ha de esconder un secreto guardado bajo candado. Pero no hay tal secreto, el candado es un invento. Lo que hay es una falsa idea de que el sexo es una avenida de un sentido, en la que el único objetivo por el que la caminamos es para llegar al destino: al orgasmo.

No estamos para echar culpas. Se hace mucho alboroto de cómo la pornografía tuerce a la juventud y cómo la ha llevado a ahogarse en una vida de vacío y enfermedades mentales: esa imagen de perdición que viene a la mente de mucha gente cada que piensa en cómo “debe” ejercer su sexualidad y el cuidado que hay que tener para no ser lastimados física o emocionalmente. En contraste, pocos están verdaderamente preocupados en cómo otras cosas, por decir la tecnología en general, han afectado negativamente nuestras vidas de maneras impensables.

Pintura erótica encontrada en las ruinas de Pompeya, actualmente en el Museo Arqueológico de Nápoles, Italia. Data del siglo XVIII

La pornografía ha existido desde siempre. La diferencia entre el antes y el después es el ritmo de vida. Hoy ya no tenemos que ir a tirar plátanos a pedradas de los árboles para comer; de hecho, ya no tenemos que comer plátanos para satisfacer el hambre. Comemos junk food porque se ve bien, es barata y es lo primero que nos pica el ojo cuando entramos a la tienda de la esquina. 

Lo mismo con el sexo. Tenemos Junk Sex

Posamos en las fotos igual que los modelos de revistas y vestimos de la misma forma que las figuras públicas de Hollywood. Nuestro cerebro es tan flexible que hemos aprendido a copiar el sexo que vemos en internet. Y como la red ofrece sexo chatarra, que siempre termina en orgasmos chorreados, nos hemos vuelto adictos. ¿Y cómo no nos vamos a volver adictos? Nuestra naturaleza humana nos tiene siempre soñando despiertos sobre el futuro o nos mantiene anclados al pasado. El orgasmo, así como las demás necesidades fisiológicas de nuestro cuerpo, son las únicas actividades que nos obligan a vivir en el hoy y ahora. Estamos tan bombardeados de necesidades ficticias que una de las formas más poderosas de escapar de ese estado mental que nos deja sin energía y con muchas desilusiones, es teniendo un orgasmo. Y entre más rápido mejor. Igual que la comida, la comunicación y un montón de cosas más.

La pornografía no es mala. 

El poder practicar la masturbación, en un espacio privado y seguro, definitivamente le da empuje a nuestro autoconocimiento en lo que a placer se refiere. Nos ha ayudado a aprender, a nuestro paso, cuáles son nuestras preferencias. En general, ha beneficiado al ideal de conexión que debe tener nuestra mente (donde se originan las fantasías) con nuestro cuerpo. Sabemos qué nos gusta y qué no, qué estamos dispuestos a hacer con otra persona y qué rechazamos. Pero como todo, los excesos son malos. La adicción a la pornografía nos ha desconectado interpersonalmente. Miles de personas en el mundo sufren del dichoso déficit de atención sexual. No pueden llegar al orgasmo con sus parejas porque no les excita de la misma forma que cuando “lo hacen con el youporn”. Hemos estado condicionando nuestros cerebros a que la forma más rápida y práctica de tener un orgasmo es masturbándonos. Además, con imágenes de personas que no tocamos, no conocemos ni jamás representarán la realidad de nuestra vida cotidiana. Perdemos, entonces, el interés en el sexo con nuestra pareja.

Mi opinión es que el sexo es más que una avenida, de muchos carriles y direcciones. El viaje es lo que importa, no el destino. Si dejáramos de pensar en el futuro, disfrutaríamos del presente. El orgasmo no es como lo gritan los actores porno y la satisfacción sexual es múltiple. La pornografía es una herramienta, hay que usarla para bien. Dejen la comida chatarra por un mes; cuando regresen a ella van a ver qué ficticia en realidad sabe.

Fin del comunicado.

Reflexión de la media noche

No puede existir una mejor y más honorable muerte que la del hombre que pierde el aliento debajo de las asentaderas de su dama predilecta. 

Admirable hidalgo que todo lo puede y, lo que no, lo intenta, salve su alma con una bella penitencia por cada descuido que se le ha resbalado de la boca, al no haber querido hacer bien la limpieza detallada que se merece la caverna de su compañera, aquella por la que ya pagó antes una costilla y por la que puede usted en cualquier momento terminar pagando con su vida misma:

Limpie bien, recoveco por recoveco, incansable y con ánimo, con la frente en lo alto y el orgullo bien parado. Honre su vanidad y obtenga su insignia poderosa que le ha de otorgar el beneficio de profanar esas tumbas oscuras y libidinosas en más de un sólo panteón. 

Ya cuando haya cumplido y salga vencedor, aventúrese a la calle con dignidad ahora sí. Que los tambores del honor le aplaudan la autoestima y los testículos le resuenen entonando puros cantos de amor, que es usted un héroe y un bien merecedor.

Polinízame


Polinízame todo el año, toda temporada. Cuando veas que me marchito, échame de tu agua. Por las mañanas dame un besito y luego luego embísteme, aunque sea nomás tantito y tenga que ser de volada. 

La vida y muerte del orgasmo

En el mes de noviembre yo me pongo muy seria; oscura, oscura. El silencio en el frío es como un trago de saliva dulce, necesario para ponerse quieto y mirar desde lejos lo que es la vida y la muerte. El orgasmo que nos jala a la vida no es más que la muerte del pasado y el futuro, que por segundos se diluye como en cámara lenta y va cayendo gotita a gotita al ritmo del segundero del corazón. Ya se siente que late la vida, varias veces antes de calmarse, aquí en mi cuartel empañado entre las piernas o allá en tu torre tiesa que echa rayos. Ya se siente que reina la muerte cuando acabados en la cama nos dormimos derrumbados.

Imagen de Aire Retro via Flickr

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...