Querido lector, le advierto que me pongo seria. Por
muchos años me ha interesado el estudio de la sexualidad en la sociedad actual. Estoy intrigada,
particularmente en el por qué a la gente se le frunce el ceño y se le enchueca
la boca cada que escucha de desviaciones sexuales. Es que hace
varios siglos, expresar
abiertamente una inclinación erótica era bien visto; inclusive la bestialidad. Pero para nuestra mala suerte la moral cambió y se nos han venido las consecuencias encima. Se nos olvidó que la sexualidad es, de
hecho, lo que nos mantiene vivos como especie. Además, nos hemos inventado que
su manera de expresarse se manifiesta en desviaciones en lugar de
variaciones.
Hasta la cara tenemos de confundidos.
Andamos por la vida pensando que la sexualidad es una especie de
objeto extranjero que no terminamos de comprender o descifrar, porque siempre ha de
esconder un secreto guardado bajo candado. Pero no hay tal secreto, el candado es un invento. Lo que hay es una falsa idea de
que el sexo es una avenida de un sentido, en la que el único objetivo por el
que la caminamos es para llegar al destino: al orgasmo.
No estamos para echar culpas. Se hace mucho alboroto de cómo la pornografía tuerce a la juventud y cómo la ha llevado a ahogarse en una vida de vacío y enfermedades
mentales: esa imagen de perdición que viene a la mente de mucha gente cada que
piensa en cómo “debe” ejercer su sexualidad y el cuidado que hay que tener para
no ser lastimados física o emocionalmente. En contraste, pocos están
verdaderamente preocupados en cómo otras cosas, por decir la tecnología en general, han
afectado negativamente nuestras vidas de maneras impensables.
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| Pintura
erótica encontrada en las ruinas de Pompeya, actualmente en el Museo
Arqueológico de Nápoles, Italia. Data del siglo XVIII |
La pornografía ha existido desde siempre. La diferencia entre el antes y el
después es el ritmo de vida. Hoy ya no tenemos que ir a tirar plátanos a
pedradas de los árboles para comer; de hecho, ya no tenemos que comer plátanos
para satisfacer el hambre. Comemos junk food porque se ve bien, es barata y es lo primero que nos pica el ojo cuando entramos a la tienda de la esquina.
Lo mismo con el
sexo. Tenemos Junk Sex.
Posamos en las fotos igual que los modelos de revistas y vestimos de la
misma forma que las figuras públicas de Hollywood. Nuestro cerebro es tan
flexible que hemos aprendido a copiar el sexo que vemos en internet. Y como la
red ofrece sexo chatarra, que siempre termina en orgasmos chorreados, nos hemos vuelto
adictos. ¿Y cómo no nos vamos a volver adictos? Nuestra naturaleza humana nos
tiene siempre soñando despiertos sobre el futuro o nos mantiene anclados al pasado.
El orgasmo, así como las demás necesidades fisiológicas de nuestro cuerpo, son
las únicas actividades que nos obligan a vivir en el hoy y ahora. Estamos tan bombardeados de necesidades ficticias que una de las formas más poderosas de escapar de ese estado mental que nos
deja sin energía y con muchas desilusiones, es teniendo un orgasmo. Y entre más
rápido mejor. Igual que la comida, la comunicación y un montón de cosas más.
La pornografía no es mala.
El poder practicar la masturbación,
en un espacio privado y seguro, definitivamente le da empuje a nuestro
autoconocimiento en lo que a placer se refiere. Nos ha ayudado a
aprender, a nuestro paso, cuáles son nuestras preferencias. En general, ha
beneficiado al ideal de conexión que debe tener nuestra mente (donde se
originan las fantasías) con nuestro cuerpo. Sabemos qué nos gusta y qué no, qué
estamos dispuestos a hacer con otra persona y qué rechazamos. Pero como todo,
los excesos son malos. La adicción a la pornografía nos ha desconectado
interpersonalmente. Miles de personas en el mundo sufren del dichoso déficit de atención
sexual. No pueden llegar al orgasmo con sus parejas porque no les excita de la
misma forma que cuando “lo hacen con el
youporn”.
Hemos estado condicionando nuestros cerebros a que la forma más rápida y
práctica de tener un orgasmo es masturbándonos. Además, con imágenes de
personas que no tocamos, no conocemos ni jamás representarán la realidad de
nuestra vida cotidiana. Perdemos, entonces, el interés en el sexo con nuestra
pareja.
Mi opinión es que el sexo es más que una avenida, de muchos carriles y direcciones. El viaje es lo que importa, no el destino. Si dejáramos de pensar en el futuro, disfrutaríamos del presente. El orgasmo no es como lo gritan los actores porno y la satisfacción sexual es múltiple. La pornografía es una herramienta, hay que usarla para bien. Dejen la comida chatarra por un mes; cuando regresen a ella van a ver qué ficticia en realidad sabe.
Fin del comunicado.